Resident Evil arranca con Bryan, un repartidor al que le han encargado entregar un misterioso paquete en el hospital de Raccoon City. Su único problema debería haber sido no tener cadenas para la nieve, pero la terrorífica verdad es que va a vivir una interminable noche de pesadilla a causa de un virus mutante descontrolado y letal.
Mi relación con el videojuego Resident Evil es casi nula. En el año 2000 jugué unos cuarenta minutos al Resident Evil 3: Némesis, y ahí termina mi historia con la saga. Me daba demasiado miedo, esa es la verdad.
He leído reseñas y he visto bastantes gameplays, por lo que mi conocimiento sobre esta franquicia, su historia y personajes es superficial pero suficiente para saber que Zach Cregger no ha sido fiel al material original, aunque esto no es ningún secreto, ya que él mismo lo ha comentado en alguna entrevista. Tanto, que su película no puede considerarse una adaptación… O quizá sí. Quizá lo que ha hecho Zach Cregger sea adaptar de la forma más eficaz que existe (y también la más difícil): no traduciendo literalmente en formato cinematográfico la historia y los personajes originales, sino el alma de la saga y la sensación de ser un jugador nervioso y aterrorizado como lo fui yo en aquella breve partida. Adaptar no adaptando. La adaptación deconstruida, como la tortilla de patatas de Ferran Adrià. Resident Evil es la adaptación de cómo soy yo jugando a cualquier juego de terror, razón por la que nunca juego a juegos de terror.
Y es que Cregger, uno de esos cineastas que, al menos de momento (y ojalá siga así), no se han dejado domesticar por Hollywood, toma como lienzo la noche en la que transcurre el juego Resident Evil 2, pero en lugar de poner el foco en sus protagonistas, Leon S. Kennedy y Claire Redfield, lo coloca sobre un personaje (genial Austin Abrams) que parece sacado de otra película totalmente opuesta, alguna comedia de Seth Rogen o Kevin Smith, y arrojado sin piedad a esta pesadilla vírica llena de zombis, gore y engendros, a ver qué pasa.
Y lo que pasa es que tenemos una extraña comedia con el inconfundible sello de Zach Cregger, alguien muy inteligente con la capacidad de hacer que nos pasemos casi toda la película con una sonrisa en la cara, riéndonos de las ocurrencias, torpezas y constantes y malhabladas quejas del protagonista, pero al mismo tiempo tenemos el corazón encogido porque la tensión y la continua sensación de peligro están ahí, y es una película que construye momentos de verdadero terror gracias al manejo de una atmósfera que logra un escalofriante y conseguido efecto de inmersión, el diseño de sonido, el uso de la oscuridad (no sólo me refiero a los escenarios oscuros, sino al uso del horizonte en penumbra total, simulando, tal vez, esos videojuegos antiguos en los que, debido a las limitaciones técnicas de la época, tenías que avanzar para que los fondos cargasen y se hicieran visibles, lo que generaba una sensación incómoda y onírica), los jumpscares tan bien diseñados (es un recurso que siempre he odiado por facilón, pero los de esta película son lo que un jumpscare debería ser siempre. Para enmarcar, sin tomar al espectador por idiota) y por supuesto el ritmo de la película, del que sólo puedo decir que es perfecto, y no sólo porque este tren de la bruja dure 90 minutos, sino también porque todo está medido al milímetro y el director se asegura de que siempre esté ocurriendo en pantalla algo digno de verse, ya sea el ataque del monstruo más asqueroso del mundo o un candado que bloquea el avance de nuestro protagonista.
Zach Cregger retuerce el lenguaje cinematográfico para simular la sensación de estar jugando a un survival horror, y para ello usa travellings de seguimiento trasero, planos subjetivos y planos generales muy abiertos que recuerdan a los encuadres estáticos de los primeros juegos de la saga. También contribuye a esto el hecho de que el protagonista evolucione conforme avanza la noche que le ha tocado sufrir, como si de Griffin Dunne en ¡Jo, qué noche! (Martin Scorsese, 1985) se tratase, consiguiendo cada vez armas más potentes que aprende a manejar por las malas, porque los monstruos que aparecen a su paso son también cada vez más peligrosos, mientras suda la gota gorda por conservar la escasa munición que atesora en sus bolsillos.
Habrá espectadores a los que tanto humor en una película de terror les eche para atrás o los saque de la experiencia, y habrá otros que negarán su calidad cinematográfica sólo porque lo único que tiene del Resident Evil original son un puñado de easter eggs y varios objetos reconocibles de la saga repartidos aquí y allá. Quizá resulte frustrante para algunos fans que la mejor película, y con mucha diferencia, basada en su saga favorita de videojuegos sea una anti-adaptación, pero esa es la realidad, y es una lástima no ser capaz de apreciar las muchísimas cualidades positivas de esta película por ser un purista con el morro torcido. Supongo que nadie quiere volver al nivel de lo que hizo Paul W. S. Anderson, superado incluso por la nada bien recibida Resident Evil: Bienvenidos a Raccoon City (Johannes Roberts, 2021).
En lo personal, Resident Evil pasa de forma automática a ser una de las mejores y más interesantes y originales películas de terror del año.

