Posesión Infernal: En llamas arranca con una mujer que busca refugio junto a la familia de su marido muerto en un aislado caserón. Sin embargo, cuando sus miembros comienzan a ser poseídos uno tras otro, el reencuentro familiar se convierte en una auténtica pesadilla. Pronto descubrirá que las promesas hechas en vida siguen teniendo validez… incluso después de la muerte.
Pocas sagas de terror poseen una identidad tan sólida como Posesión Infernal. Desde que Sam Raimi revolucionó el género con Terroríficamente muertos, la franquicia ha reunido algunos de los elementos más icónicos del cine de horror: posesiones demoníacas, litros de gore, motosierras, cabañas perdidas en el bosque, muertos vivientes y, por supuesto, el Necronomicón. Todo gira alrededor de una idea extraordinariamente sencilla —un libro maldito capaz de desatar el infierno—, pero también extraordinariamente flexible. Es una de esas premisas capaces de reinventarse una y otra vez sin perder su esencia, igual que ocurre con Pesadilla en Elm Street.
Precisamente por eso siempre recibo una nueva entrega con entusiasmo. No solo porque el universo creado por Raimi ofrece posibilidades prácticamente infinitas, sino porque, sorprendentemente, Hollywood apenas lo ha explotado. Desde El ejército de las tinieblas, la saga apenas ha sumado tres largometrajes, uno de ellos un remake. Quizá sea una fortuna; viendo la tendencia actual de la industria a estirar indefinidamente cualquier franquicia de éxito, tal vez Posesión Infernal haya sobrevivido precisamente gracias a esa moderación.
La llegada de Sébastien Vaniček tras las cámaras hacía pensar en un cambio de rumbo. Después de Vermin: La plaga, una película profundamente marcada por el terror europeo contemporáneo, resultaba difícil imaginar que su personalidad cinematográfica no terminara impregnando la franquicia. Y, efectivamente, Posesión Infernal: En llamas respira cine de terror francés por los cuatro costados.
Su fotografía gris, fría y desaturada, unida a una puesta en escena agresiva y una cámara nerviosa que parece lanzarse contra los personajes, construyen una atmósfera muy alejada del tono caricaturesco de Sam Raimi. Por momentos, la película parece una pelea de mapaches rabiosos filmada cámara en mano, pero Vaniček demuestra un control absoluto del caos. El montaje nunca sacrifica la claridad visual y el ritmo, aunque frenético, mantiene al espectador completamente inmerso en la brutalidad de cada escena.
La gran aportación de esta entrega reside precisamente ahí: en fusionar el ADN de Posesión Infernal con el Nuevo Extremismo Francés de los años dos mil. El gore sigue siendo abundante, pero ya no busca únicamente el espectáculo. Las mutilaciones, amputaciones y desmembramientos transmiten dolor físico, incomodidad y una violencia mucho más seca que la de las películas de Raimi, donde la sangre siempre convivía con el humor negro y la exageración casi cartoon.
Al mismo tiempo, la película mantiene una continuidad mucho más estrecha con Posesión Infernal: El despertar de lo que cabría esperar. Si aquella trasladaba el caos demoníaco a un edificio de apartamentos y utilizaba una familia unida como núcleo emocional, En llamas plantea el reverso de esa idea: una familia rota, marcada por los conflictos y encerrada en un caserón donde los demonios encuentran el escenario perfecto para convertir las heridas emocionales en auténticas torturas físicas y psicológicas.
Quizá el único aspecto realmente discutible sea su escasa voluntad de ampliar el universo de la franquicia. Más allá del nuevo tono y de la sensibilidad europea que aporta Vaniček, la película prefiere profundizar en fórmulas ya conocidas antes que explorar nuevos caminos. Es una decisión comprensible, porque funciona, aunque deja la sensación de que el Necronomicón todavía esconde muchas historias que el cine no ha contado.
En cualquier caso, ese conservadurismo narrativo apenas empaña el resultado. Posesión Infernal: En llamas ofrece exactamente lo que promete: una experiencia feroz, angustiosa y brutal que consigue combinar la esencia de la saga con la crudeza del mejor terror francés contemporáneo.
Si disfrutáis de Posesión Infernal y echáis de menos la violencia extrema del cine francés de principios de los 2000, Posesión Infernal: En llamas reúne lo mejor de ambos mundos.

