Crítica de Backrooms (2026, Kane Parsons)

Backrooms

Backrooms comienza cuando Clark, arquitecto frustrado y dueño de una tienda de muebles que no genera beneficios, descubre un portal que conduce a una misteriosa dimensión paralela. Al obsesionarse con ese fenómeno, su terapeuta, Mary, trata de devolverlo a la realidad original.

Desde que se anunciara que The Backrooms, la serie de vídeos virales nacida en Youtube, tendría una versión cinematográfica, la expectación fue enorme. Aquellos a los que nos fascina la premisa de estética siniestra e intrigante creada por Kane Parsons, recibimos la noticia con mucha emoción. La pregunta era: ¿Funcionará su adaptación a la gran pantalla?

El mayor atractivo del universo de Parsons, el cual desarrolló sin haber llegado siquiera a la veintena, a partir de programas como Blender y Adobe After Effects, reside precisamente en lo visual. Las imágenes no respondían a una trama definida, sino que se centraban en hacer crecer el lore y explorar ese concepto que ahora está en boca de todos: el terror liminal.

La liminalidad se basa en escenarios de transición, lugares solitarios que quedaron suspendidos entre lo que fue y lo que será. Los percibimos como familiares y a la vez desprenden intranquilidad, provocando sentimientos de nostalgia e inquietud en quien los ve.

Este Backrooms extendido juega dos bazas de forma satisfactoria: el despliegue de los mencionados espacios liminales en su máximo esplendor y el componente psicológico. De lo que la propuesta original carecía, un guion que estructurara los hechos, la película lo emplea para profundizar en la psique de los protagonistas. Y esa suma es lo que da sentido a todo.

En la interacción terapeuta-paciente que mantienen Clark (Chiwetel Ejiofor) y Mary (Renate Reinsve) se establecen dos roles marcados. La existencia de las Backrooms deja clara la posición de cada uno: él no cierra la puerta a lo inexplicable, mientras que ella opta por la racionalidad. Sin embargo, según avanza la historia, aparecen pinceladas de los traumas de Mary a través de flashbacks puntuales que despiertan nuevas incógnitas sobre el modo en que el pasado la afecta y la condiciona al tomar decisiones.

La revelación de lo extraño, mediante el impecable trabajo de fotografía de Jeremy Cox, abre un sinfín de posibilidades ante los personajes y los propios espectadores. Sus dimensiones laberínticas van desdoblándose sin piedad, tan amenazadoras como “bellas, a su manera”. Clark persigue la necesidad humana de desentrañar qué oculta lo desconocido sin saber que, lejos de hallar una respuesta, corre el riesgo de perderse en sí mismo.

Esta pesadilla ambientada en los noventa presenta ciertas reminiscencias con NoEnd House, creepypasta que también causó furor en internet y cuya idea era el eje central de la segunda temporada de la serie Channel Zero. En contraposición, Backrooms regala elementos que nos maravillaron en los vídeos found footage, apoyando la teoría de que ese horror podría no acabar nunca. Con el reencuentro de los protagonistas, el discurso sobre el bucle formulado por Mary refuerza la insatisfacción y el estancamiento en el que nos refugiamos y del que en ocasiones preferimos no salir, cegados por una suerte de conformismo trágico.

Los entes distorsionados y la bifurcación de su arquitectura imposible se cobran víctimas tras los muros, entre la luz y la oscuridad absoluta. El diseño de sonido es un aspecto clave para configurar la atmósfera, que tiene el objetivo de que ni los personajes ni el público intuyan lo que está por venir. Una sucesión de recuerdos que se diluyen hasta hacernos dudar de cuanto nos rodea.

Un factor a destacar de la película son las múltiples hipótesis que sugiere, en especial a lo largo del desenlace, que llevan a cuestionarte dónde empieza y dónde termina la realidad. Parte de algo que, pese a pertenecer al ámbito de lo sobrenatural, podría considerarse viable para quienes abrazan la existencia de realidades alternativas. Igual que ocurrió en su día con la inolvidable Coherence (2013, James Ward Byrkit), Backrooms logra que una impresión difícil de describir se adhiera a nuestro cuerpo y escuchemos una vocecita susurrando: ¿Y si de verdad hubiera otro mundo detrás de esa pared?

Con un éxito arrollador en taquilla, el debut de Kane Parsons en la dirección, con un guion firmado por Will Soodik, se adivina como el principio de un imaginario que ya ha calado en los seguidores del terror. La apuesta de A24, producida por cineastas de la talla de James Wan, Shawn Levy y Osgood Perkins, continuará después de la primera entrega. Si siguen por este camino, Backrooms se augura como un proyecto sólido dentro del género.