Érase una vez el diablo

Érase una vez el Diablo arranca cuando una joven pareja, de vacaciones en la campiña francesa, decide pasar la noche en un viejo y siniestro castillo después de que su coche se averíe. A pesar de las advertencias sobre la leyenda local de un barco maldito que naufragó contra los acantilados cercanos, la esposa se adentra en la naturaleza salvaje, solo para encontrarse luchando para sobrevivir frente a un mutante vestido con uniforme nazi, su madre gitana, una momia fuera de control, un caballo poseído por el diablo ¡y mucho más!

Hace muchos años buscaba el póster de una película, probablemente para ilustrar alguna reseña de mi ya desaparecido blog, cuando Google me llevó hasta una página web que no tardó en convertirse en una de mis favoritas y, de algún modo, en una peculiar zona de confort. Era una interminable colección de escaneos de carátulas de VHS de terror, casi siempre pertenecientes a títulos rarísimos e inencontrables que, en su día, debieron de ocupar los rincones más polvorientos, pegajosos y fascinantes de los videoclubs de barrio.

La verdad es que no recuerdo el nombre de aquella web, así que desconozco si todavía sigue en pie o desapareció hace años. Lo que sí conservo es el recuerdo de las horas que pasaba contemplando aquellas portadas y contraportadas que, como tantas veces ocurría en la época del videoclub, eran bastante mejores que las películas que anunciaban. Prometían mucho más de lo que luego ofrecían, pero esa también era parte de la magia.

Un día, explorando aquel inmenso archivo de papel envejecido convertido en píxeles, me topé con un título cuya portada me dejó fascinado. En ella aparecía una especie de nazi monstruoso empuñando una escopeta automática. El nombre era Devil Story (Il était une fois le diable), estrenada en España como Érase una vez el Diablo, escrita y dirigida por Bernard Launois, un auténtico autor total.

Sabía que encontrar aquella película iba a ser complicado, pero decidí probar suerte en eMule y, contra todo pronóstico, allí estaba. La descargué sin doblaje —dudo incluso que exista uno en español—, sin subtítulos y con una calidad de imagen tan deficiente que parecía un auténtico gazpacho de píxeles. La grabé en un DVD… y jamás llegué a verla.

De aquello habrán pasado unos dieciocho años. Si entonces alguien me hubiera dicho que acabaría disfrutando de una copia restaurada en alta definición y con buenos subtítulos, lo habría tomado por loco. Sin embargo, gracias a Filmin y al excelente trabajo de Vinegar Syndrome, hoy es posible descubrir Érase una vez el Diablo en unas condiciones impensables hace apenas unos años.

La película comienza como si fuera un slasher: un zombi —o quizá un mutante nazi— asesina brutalmente a varias personas en plena campiña francesa. Una premisa que, por sí sola, ya justificaría una película entera. Sin embargo, eso no es más que el aperitivo.

A partir de ahí, Érase una vez el Diablo se transforma en una experiencia cada vez más desconcertante. Tomando como referencia la magnífica Backrooms, podría decirse que es como explicarle qué es una película de terror a alguien que jamás ha visto una… y pedirle después que dirija una. Esa es exactamente la sensación que transmite durante todo su escaso metraje.

También resulta imposible determinar hasta qué punto este caos responde a la falta de presupuesto y experiencia o si, por el contrario, Bernard Launois perseguía deliberadamente el delirio absoluto, combinando algunos de los grandes arquetipos del cine fantástico: castillos góticos, maldiciones, asesinos en serie, posesiones —en este caso, un caballo negro poseído… o algo parecido—, momias y un sinfín de ideas que parecen aparecer sin ningún tipo de filtro.

Personalmente, creo que el resultado nace de una mezcla de ambas cosas. Hay escasez de medios, decisiones cuestionables y momentos objetivamente torpes, sí, pero también una inesperada pulsión de cinéma d’auteur. Esos interminables planos del anciano disparando una escopeta con cartuchos infinitos no parecen fruto de un error. Hay algo hipnótico, casi experimental, detrás de ellos. Durante unos instantes, y por absurdo que resulte decirlo, la película parece transformarse en una obra de Ingmar Bergman o Federico Fellini.

Lo fácil sería despachar Érase una vez el Diablo como una producción casposa de serie Z rodada con cuatro duros. Sin embargo, por alguna razón, creo que es bastante más interesante que eso. Quizá no mucho más, pero sí lo suficiente como para escapar de cualquier etiqueta sencilla. Tal vez influya ese inconfundible aire francés o mi debilidad por las películas verdaderamente inclasificables, esas que no se parecen a ninguna otra y que desafían constantemente cualquier intento de análisis.

Son películas que no sabes muy bien cómo valorar porque, probablemente, te han pasado completamente por encima… y ni siquiera te has dado cuenta.

Érase una vez el Diablo es, sin duda, café para muy cafeteros. Resulta difícil recomendarla como una película convencional, pero sí como una experiencia cinematográfica absolutamente única. Si aceptáis entrar en su lógica —o, mejor dicho, en la ausencia de ella— y os dejáis llevar por su constante sensación de extrañeza, es muy posible que termine ocupando un lugar privilegiado entre las películas más raras, inclasificables e inolvidables que hayáis visto jamás.

Por Narciso Piñero

Me alimento de cine, libros, tebeos y buena música. Autor de dos novelas: Juggernaut y Jugando con Claudia. Escribo críticas y artículos de cine donde me dejan.