La sonrisa del mal arranca cuando Sergio Rossetti, un profesor de educación física atormentado y roto por la muerte de su hijo, acepta mudarse a un pequeño pueblo de Italia por motivos de trabajo. Además, según dicen, en ese lugar se respira felicidad. Al poco tiempo, descubrirá que la extraña actitud de sus habitantes está relacionada con la presencia de un joven, supuestamente santo, capaz de absorber la tristeza de quien lo abraza.
Paolo Strippoli cambia de registro tras la peculiar La clásica historia de terror y se adentra en una premisa más cercana al thriller que al terror. Se trata de una película contenida, sin demasiados excesos —aunque los hay, como la escalofriante escena inicial, que, sin grandes alardes, consigue resultar tan terrorífica como desconcertante—, donde el principal punto de interés radica en descubrir poco a poco qué está sucediendo, cuál es el verdadero origen del conflicto y cómo se desarrolla la relación del protagonista con los habitantes del pueblo, especialmente cuando descubre el circo montado a costa del pobrecito (o no) niño milagroso.
La sonrisa del mal, con ese choque de culturas como principal combustible, funciona como un pequeño folk horror en la línea de The Wicker Man o, quizá de forma más acertada, Bosque de sombras, de nuestro Koldo Serra, con un hombre enfrentándose a la creencia colectiva de todo un pueblo para liberar al muchacho y, de alguna manera, redimirse por la muerte de su hijo. Como no podía ser de otra forma, nada es fácil y nada es lo que parece. Durante el visionado, además, resulta inevitable percibir ecos sutiles de La milla verde y Carrie, y es que en La sonrisa del mal hay trazas de Stephen King aquí y allá.
Es, en general, una película fría: en sus interpretaciones, en su puesta en escena, en su fotografía… Por momentos puede parecer más una película nórdica que italiana, lo cual encaja con su tono y con lo que se nos está contando, aunque para algunos espectadores su ritmo puede resultar denso, algo a lo que su duración no ayuda.
Más allá de esto, y aunque quizá no llegue a figurar entre lo mejor del año, solo por su peculiar premisa y por un guion que va de menos a más —como todos los buenos guiones—, merece nuestra atención.
Y si a Estados Unidos le da por hacer un remake, que llamen a Yorgos Lánthimos, porque creo que se adaptaría como anillo al dedo a su estilo.

