Un fin de semana que se tuerce
Una pareja se adentra en una zona rural de Australia para disfrutar de un fin de semana de camping. Todo parece tranquilo. Sin embargo, el hallazgo de un bebé perdido y de lo que apunta a ser una escena del crimen lo cambia todo.
A partir de ese momento, sus planes saltan por los aires.
Es imposible ver Killing Ground sin pensar, una y otra vez, en otras películas. Las referencias aparecen de forma voluntaria o inconsciente. La dirección es sólida, las interpretaciones cumplen y la estructura narrativa aporta cierto aire de frescura a una premisa muy conocida. No pretende ser original. Quiere impactar.
Aquí se produce la división. Algunos espectadores se indignarán y abandonarán la película. Otros aceptarán el juego y se dejarán arrastrar por un espectáculo de violencia gratuita y sádica. En cualquier caso, apostar todo al shock siempre implica un riesgo. El torture porn y la violencia sin propósito suelen pasar factura.
Y eso es exactamente lo que hace Killing Ground. Lo hace sin complejos y aguanta el chaparrón. La película funciona como un Frankenstein armado con restos del extremismo francés —aunque el gore no abunda ni lo necesita— y ecos de Perros de paja, Deliverance, El placer de la caza o Las colinas tienen ojos. El conflicto es el de siempre. Lo urbano frente a lo rural. La razón contra la sinrazón. La civilización enfrentada a lo salvaje.
Todo se articula desde un prisma seco y realista. Su director, Damien Power, construye la tensión a partir de un retorcido juego del gato y el ratón. También se apoya en la presencia constante del bebé y en un montaje que da ventaja al espectador, que sabe más que los protagonistas y avanza un paso por delante.
Killing Ground no es una película memorable. Aun así, resulta efectiva y, para algunos estómagos, incluso divertida. Sus aciertos la elevan por encima de lo que habría sido en manos menos firmes. Destaca su capacidad para generar incomodidad y la deriva poco habitual de sus protagonistas. Aquí no hay un giro heroico clásico. Nadie pasa de víctima pasiva a máquina de matar. Esa decisión refuerza la sensación de déjà vu, pero también evita el piloto automático del género.
Esta película no te cambia la vida. Tampoco lo pretende. Pero si el cuerpo te lo pide y tienes una tarde tonta, la película cumple su función. Te ofrece un mal rato intenso y desagradable.
Y, al final, esa era la intención.
